>Ministrando a tu Pastor-John Piper

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Empezamos con un pasaje de Escritura de Romanos 1:8-12. Pablo le dice a la iglesia:

En primer lugar, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros, porque por todo el mundo se habla de vuestra fe. Pues Dios, a quien sirvo en mi espíritu en la predicación del evangelio de su Hijo, me es testigo de cómo sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones, implorando que ahora, al fin, por la voluntad de Dios, logre ir a vosotros. Porque anhelo veros para impartiros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; es decir, para que cuando esté entre vosotros nos confortemos mutuamente, cada uno por la fe del otro, tanto la vuestra como la mía.

Quiero hablar de nuestra responsibilidad de ministrar a nuestro pastor. Hemos escuchado muchas veces que todos los cristianos son ministros, de acuerdo con Efesios 4:12. Enfatizamos en las clases de Escuela Dominical la necesidad de orar el uno por el otro y animarse en la fe, pero pienso que a veces nos olvidamos que nuestro pastor es uno de nosotros. Entonces quiero recordar la razón por la que necesitamos ministrar a nuestro pastor, cómo podemos hacerlo mejor, y qué podemos esperar como resultado.

Primeramente, ¿por qué debemos ministrar a nuestro pastor? La razón es que él es humano y un amigo creyente como nosotros. Como hombre, él es sensible a las tentaciones así como nosotros. La fe no es automática para él solo porque es el pastor. No es más fácil para él ser una persona cariñosa, esperanzada de lo que es para nosotros. Sus recursos en la batalla de fe no son mejores que los nuestros. Él es uno de nosotros.

Más que eso, las cargas únicas de su llamado demandan nuestra fiel ministración hacia él; por ejemplo, la preocupación administrativa de ver que cien detalles sean completados. Ni nos damos cuenta de muchas de esas cosas. También está el llamado de escuchar y predicar los mensajes de Dios semana tras semana. Nunca pienses que estos mensajes vienen fácilmente para el pastor. Si son consistentemente bíblicos, requieren mucho trabajo fuerte. Muchas lágrimas son derramadas en el estudio de los sermones del pastor que no vienen simplemente. Si nosotros nos sentimos secos espiritualmente quizás no vayamos a la iglesia o vayamos por una renovación, pero ¿a dónde puede ir el pastor?

Después, hay la preocupación de querer que su iglesia actúe más como Jesús y que sean la luz del mundo. Pablo dijo a los gálatas (4:19), “Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros.” Nada pesa más en el corazón del pastor que cuando su iglesia no crece en fe, amor y rectitud.

Ustedes pueden hacer listas más largas de las presiones del pastor, pero ahora consideremos cómo podemos ministrar a nuestro pastor.

La mejor manera de sobrellevar las preocupaciones de nuestro pastor es siendo un Cristiano. Pablo dice en Filipenses 2:2-3, “haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo.” En otra palabras, nada podrá refrescar a nuestro pastor como una congregación que es humilde, amable, que se parece a Cristo. Pablo dijo a la iglesia Romana, “Porque anhelo veros para . . . [que] nos confortemos mutuamente, cada uno por la fe del otro, tanto la vuestra como la mía.” (1:11-12). Nuestra fe es una fuente de gran ánimo para nuestro pastor. Entonces seamos una iglesia de creyentes.

Aparte de eso, tengo tres sugerencias específicas de cosas que podemos hacer para ayudar a nuestro pastor y aumentar los frutos de su ministerio.

1. Orar por él cada día. Escríbelo para no olvidarte. Y no sólo digas, “Señor bendice al pastor.” Se específico. Ora por su salud, sus mensajes, su familia, sus visitas, sus defectos y debilidades. Ponte en su lugar y trata de sentir con él mientras oras.

2. Segundo, haz todo lo posible para dicirle unas palabras de ánimo. Escríbele una nota en la tarjeta de registración, manda una carta a su casa de vez en cuando; llámale por teléfono. Habla con él a solas alguna vez, mírale directamente a la cara y dile, “Aprecio tu trabajo, pastor, y estoy orando por ti a diario.” No te conformes con saludos después del servicio de Domingo.

3.Tercero, amonéstalo con un espíritu de perdón. Nunca he hablado con alguien que esté completamente satisfecho con su pastor. Hay un simple razón: Todo hombre es imperfecto. Parece que algunas personas nunca comprenden eso y van de iglesia en iglesia en búsqueda del pastor perfecto. Eso es imposible. Es mucho más importante encontrar una iglesia donde puedes sentirte en casa y considerar tu responsabilidad de toda la vida el ayudar al crecimiento de tu pastor. Todos desean cambiar algo de su pastor, pero, ¿cuántos de nosotros nos hemos dedicado a orar seriamente sobre eso? Y, ¿cuántos se han sentado con él y con un espíritu humilde y de perdón lo han amonestado para que cambie? Si lo amamos lo vamos a hacer … y no da tanto miedo hablar con él.
Esas son unas de las maneras de ministrar a tu pastor. Puedes pensar en otras.

La última pregunta que hice fue, ¿Qué podemos esperar como el resultado de nuestro ministerio? Podemos esperar un pastor que esta refrescado, lleno de esperanza y listo para trabajar. Así nuestro ministerio regresará a nosotros como un bumerán y creará gente que está refrescada, llena de esperanza y lista para trabajar. Entonces el mundo sabrá que Cristo es real y está trabajando en nosotros.

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>Has dejado tu primer Amor-Apocalipsis 2:4

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¿Qué camino lleva al Cielo?-John MacArthur

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Conoce el Temor del Señor-Edward T. Welch

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Y reinarán en tus tiempos la sabiduría y la ciencia, y abundancia de salvación; el temor de Jehová será su tesoro. (Is. 33:6)
            Todas las experiencias del temor al hombre comparten, por lo menos, una cosa en común: la gente es grande.  La gente ha crecido hasta llegar a ser ídolos en nuestras vidas.  Nos controlan.  Puesto que en nuestro corazón no hay espacio para adorar a Dios y a la gente al mismo tiempo, cuando la gente es grande, Dios no lo es.  Por lo tanto, la primera tarea para escapar de la trampa del  temor al hombre es saber que Dios es quien es asombroso y glorioso, y no las otras personas.

            Esto fue claro para mí un Domingo al estar sentando en la iglesia.  Era el mes de la familia.  Cada domingo del mes de febrero una familia diferente iba a hablar a la Iglesia acerca de sus devocionales familiares.  Todas las familias fueron muy edificantes, pero los Schmurrs me dieron una revelación.  Roger Schmurr dijo que una de las cosas que trataba de hacer durante los devocionales familiares era hablar acerca de Dios.  Eso fue todo.  Esa fue mi revelación.

            Permítanme explicar.  Como consejero vivo en el mundo del “cómo”.  Una persona deprimida habla conmigo porque desea saber cómo salir de la depresión.  Las parejas que no sienten ningún romanticismo en su relación, desean saber cómo tener la chispa de nuevo.  Confieso que, algunas veces, hablo más del “cómo” que acerca de Dios.

            Tengo dos hijos que han traído a casa grandiosos materiales de Escuela Dominical.  Típicamente, leo estos papeles el domingo en la tarde.  Siempre eran muy útiles, llenos de principios bíblicos y su aplicación. Muchos “cómo” buenos.  Eran historias edificantes de niños que se sentían rechazados por sus amigos y cómo Jesús les pudo ayudar a amar a aquellos que eran malos.  Recuerdo una historia acerca del hacer trampa que era buena en manera especial.  Pero raras veces hablaban acerca de Dios.

            No me mal interpreten.  Creo que es fantástica la aplicación de la Escritura a los detalles de nuestras vidas.  No obstante, mi observación, es que estos principios no siempre descansaban en el temor del Señor.  El resultado es que nuestra meta puede ser el mejoramiento personal y no la gloria del Santo Dios.  Necesitamos más sermones que nos dejen temblando.

  
Paso 4: Entiende y crece en el temor del Señor.  La persona que teme a Dios no temerá a nadie más.
¿Qué es el Temor del Señor?
            Por favor no pienses sólo en terror cuando pienses en el temor del Señor.  El temor del Señor, al igual que el temor a la gente, incluye todo un espectro de actitudes. Por un lado, el temor del Señor significa terror hacia Dios (temor de una amenaza).  Somos personas inmundas, y aparecemos delante del todopoderoso Dios que es moralmente puro. Estamos correctamente avergonzados delante de él, y el castigo sería completamente justo.  El terror es una respuesta natural y apropiada.  Tal temor nos hace retroceder delante de Dios.  Queremos evadirlo tanto como sea posible.

            Nadie está excluido de este temor, ya sean cristianos o no.  Para los cristianos cuyos ojos han sido abiertos al gran amor de Dios, este temor se va desvaneciendo.  Para los no cristianos tal temor está siempre presente.  La razón por la que no escuchas a la gente hablando acerca de esto es porque se manifiesta en ansiedad, baja autoestima, y una multitud de otros males que han perdido de vista que tienen una raíz relacionada con Dios.    Pero este temor no se puede camuflajear para siempre.  El día vendrá cuando todos se arrodillarán delante de Dios en el temor del Señor.

            Pero este es sólo un extremo del temor del Señor.  Al otro extremo del espectro está una temor reservado exclusivamente para aquellos que han puesto su fe en Jesucristo. Este temor del Señor significa una sumisión reverente que lleva a la obediencia, y es intercambiable con “adoración”, “dependencia”, “confianza” y “esperanza”.  Al igual que el terror, incluye un conocimiento de nuestra pecaminosidad y la pureza moral de Dios, e incluye un conocimiento claro de la justicia de Dios y su ira en contra del pecado.  Pero este temor de adoración también conoce el gran perdón, misericordia y amor de Dios. Sabe que debido al plan eterno de Dios, Jesús se humilló a sí mismo muriendo en una cruz para redimir a sus enemigos de la esclavitud y la muerte.  Sabe que, en nuestra relación con Dios, siempre nos dice primero: “te amo”.  Este conocimiento nos acerca a Dios en vez de hacernos huir.  Ocasiona que nos sometamos voluntariamente a su señorío y nos deleitemos en la obediencia.  Este tipo de temor robusto es el pináculo de nuestra respuesta hacia Dios.

            Al conocer la diferencia entre estos dos temores se clarifica por qué la Escritura dice, “En el amor no hay temor” (1 Juan 4:18) al mismo tiempo de que demanda el temor al Señor.  La Biblia enseña que el pueblo de Dios ya no es movido por el temor relacionado con el terror, o temor que tiene que ver con el castigo.  Sino somos bendecidos con el temor relacionado con la adoración, la admiración reverente motivada más por el amor y el honor que él merece.

            ¿Por qué la Biblia usa la misma palabra para referirse a ambas respuestas? El contexto bíblico siempre clarifica a qué tipo de temor se está refiriendo, pero el punto es que ambos temores tienen algo importante en común.  Ambos son reacciones al hecho de que el Santo de Israel reina sobre toda la tierra.  Este es el mensaje de la Biblia, y es la esencia del temor del Señor.

            Para apreciar la magnitud de este mensaje, debes entender el significado bíblico de lo “santo”.  Santo puede ser definido como “separado”, “apartado”, “distinto”, o “inmaculado”. Cuando se refiere a Dios, “santo” significa que él es diferente a nosotros.  Ninguno de sus atributos puede ser entendido en comparación con sus criaturas.  Su amor y justicia están por encima de nosotros; son santos.  Su poder es el del todopoderoso; no puede ser comparado con otro.  Su carácter moral es sin par; sólo él es justo.

            La santidad no es uno de los muchos atributos de Dios.  Es su naturaleza esencial y manifestada en todas sus cualidades.  Su sabiduría es sabiduría santa.  Su belleza es belleza santa.  Su majestad es majestad santa.  Su santidad “añade gloria, lustre y armonía a todas sus demás perfecciones”.[1]

“¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo.” (Is. 40:25)
“Oh Dios, santo es tu camino; ¿Qué dios es grande como nuestro Dios? (Sal. 77:13)
“Porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti;” (Os. 11:9)
            Algunos le llaman “trascendencia” a esta diferencia y santidad de Dios.  Dios está por encima de su pueblo.  El vive en un lugar alto y elevado (Is. 57:15).  Su juicio y misericordia están por encima de nosotros, son incomprensibles al final de cuentas.  Como resultado, no usamos la imagen de un rey o reina como nuestra plantilla para conocer a Dios.  El decir que el Dios Santo reina hace imposible utilizar a un rey terrenal como modelo.  El Dios Santo es único, más grande, y de un tipo diferente a los reyes terrenales.  El Dios Santo es el original; el más glorioso de los reyes terrenales es sólo un débil reflejo de nuestro Dios.

            Para hacer la santidad de Dios aun más asombrosa, el Dios trascendente se ha acercado.  Sería una cosa saber que Dios es gloriosamente trascendente y enteramente separado de su creación.  En tal situación nos acostumbraríamos a su falta de intervención en los asuntos humanos, y en la práctica podríamos llegar a ser nuestros propios dioses. Pero nuestro Dios es el inmanente que se ha revelado y vuelto como nosotros.  El dijo, “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo “ (Lev. 26:12).  El está cercano.  El nunca nos deja ni abandona (Heb. 13:5).  Está tan cercano que nos llama “amigos” (Juan 15:14).  Está tan cercano que la Escritura habla acerca de Cristo en ti (Col. 1:27).  Debido a su naturaleza esto es virtualmente imposible de comprender en su totalidad.  Pero, por la gracia de Dios, podemos crecer en el conocimiento de su santidad, y este conocimiento expulsará de nuestras vidas a nuestros ídolos personales y nos volverá menos propensos a enfocarnos en nosotros mismos.
¿Qué se opone al Temor del Señor?
            El problema que encontramos en nuestra búsqueda del conocimiento y del temor del Señor como debemos temerle, es que tenemos tres adversarios prominentes.  El mundo, nuestra propia carne y el diablo conspiran para elevar a las demás personas (o lo que podemos obtener de ellas) por encima de Dios.

            En realidad la resistencia se encuentra en nuestro corazón (carne) y es influenciada por el mundo y el diablo.  Nuestros corazones tienen infinidad de estrategias para evadir el temor del Señor.  Una estrategia es degradar la obediencia – la expresión concreta del temor del Señor – en una preocupación por las apariencias.  Nos concentramos en las acciones y pasamos por alto las actitudes.  Al hacer esto, nuestra naturaleza pecaminosa puede darnos una sensación de que estamos bien.  No hemos asesinado a nadie hoy.  No hemos cometido adulterio.  No robamos nada de la tienda.  Por lo tanto, tuvimos un buen día.  Aun mejor, somos buenos.  Por supuesto, ocasionalmente hacemos cosas malas. Podemos gritar muy fuertemente, o tal vez miramos algo de pornografía en el aeropuerto.  En estos casos debemos pedir el perdón de Dios.  Pero, en general, tendemos a estar bastante bien.  Y si pensamos que usualmente somos buenos, entonces Dios es usualmente irrelevante para nosotros.

            Tal manera de pensar no es publicada como teología buena, pero ¿no es esa la teología práctica de la mayoría de los cristianos? Se que puede ser le mía.  Soy una persona buena – “un buen chico” – que ocasionalmente hace cosas malas.  Tal forma de pensar ignora las profundidades del pecado en mi corazón, y en esencia, me eleva de tal forma que vengo a ser una imitación deficiente de Dios en vez de alguien completamente dependiente en él.  Así es imposible tener el temor del Señor.

            El pecado a menudo está a la grupa de muchas cosas buenas, lo cual dificulta aún más su visualización.  Por ejemplo, el trabajo es una cosa buena, pero el pecado puede tomarlo y exaltarlo hasta el punto en que nos gobierne.  Nos volvemos adictos al trabajo diciendo que lo hacemos por nuestros hijos, pero en realidad lo hacemos para nosotros mismos.  ¿Qué me dicen de la planeación financiera? ¿No es cierto que es sabio establecer una reserva para el futuro? También esto es una cosa buena, pero puede llegar a gobernarnos y abandonamos la generosidad.  La mayoría de los pecados son exageraciones impías de cosas que son buenas.  Como resultado, comenzamos a proporcionar “evidencia bíblica” que justifica nuestro comportamiento cuando ha llegado a ser idólatra.   

            El mundo toma estas tendencias y las racionaliza.  El mundo nos recuerda que, cualquiera que sea nuestro pecado o “error”,  somos sólo seres humanos.  Todos los demás también lo hacen.  Lo correcto y lo incorrecto se determina por medio del voto popular.  ¿Y quién dice que a Dios realmente le interesan tales cosas?  El mundo sugiere que Dios es real pero que está distante.  Dio inicio a todas las cosas pero ahora está sentado, permitiendo que las cosas ocurran.  El mundo dice que vivimos en un universo deísta donde es posible que exista un dios, pero “Dios ayuda a aquellos que se ayudan a si mismos”.

            El diablo se opone a cualquier cosa que pueda exaltar al Dios verdadero.  Cuando no tememos a Dios sino a cualquier cosa (un dios, una persona, o cualquier otra cosa en la cultura humana), Satanás se goza en las tinieblas que hemos creado.  Por medio de mentiras y otros engaños, minimiza nuestro pecado, sugiere que Dios es distante y que la Palabra de Dios realmente no puede ser confiada.  De hecho, sugiere que Dios nos está estorbando para que no disfrutemos de las cosas buenas.

            Con tales adversarios, el crecimiento en el temor del Señor no será un proceso sin contratiempos.  Al contrario, será el camino hacia la guerra.  Debemos odiar las suposiciones malvadas e impías del mundo, debemos odiar nuestra propia naturaleza pecaminosa, y debemos odiar a Satanás. Para lograr estas tareas se requiere de los recursos más poderosos que tenemos: la Palabra, el Espíritu, y el cuerpo de Cristo.
Aprendiendo el Temor del Señor
            Sin embargo, los adversarios no deben desanimarnos.  El temor del Señor ciertamente puede ser aprendido.  Deuteronomio 4:10 declara, “Reúneme el pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las cuales aprenderán, para temerme todos los días que vivieren sobre la tierra, y las enseñarán a sus hijos”.  De igual manera, el Rey David exhorta a la gente a aprender a temer al Señor.

            “Temed a Jehová, vosotros sus santos, Pues nada falta a los que le temen. . . Venid, hijos, oídme; El temor de Jehová os enseñaré.” (Salmo 34:9,11)
            ¿Cómo se puede aprender? Por medio de leer y meditar en su Palabra, y orando para que Dios nos enseñe.

            “Y cuando se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas; y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra;  para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra.”  (Deut. 17:18-19)
            “Y los hijos de ellos que no supieron (de la ley), oigan, y aprendan a temer a Jehová vuestro Dios” (Deut. 31:13)
           
                Esto no es fácil.  La lectura constante de la Biblia puede ser difícil.  Los tres adversarios se encargan de que sea una batalla, y nuestros mundos ya están muy ocupados. Pero si el temor del Señor es tan importante como dice la Escritura, entonces podemos estar seguros de que Dios nos dará el poder para lograrlo.

            Considera cómo puedes usar los recursos que Dios te ha dado.  Pídeles a tu esposa, hijos, amigos, pastor o ancianos que oren por ti.  Reúnete con un hermano o hermana. Pregúntales cómo han atestiguado la grandeza de Dios.  Comienza identificando en dónde el mundo trata de “rehacer” a Dios para que sea más manipulable.  Pídele a Dios que te enseñe a leer su Palabra como una persona sabia que “mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad” (Sant. 1:25).

            Ahora consideremos algunas pasajes que enseñan el temor del Señor.  Puesto que la Biblia entera enseña que el Santo de Israel reina, la Biblia entera es un libro de texto que trata del temor del Señor, ya sea que utilice esa expresión particular o no.  Pero hay algunos pasajes que parecen ser especiales.  Me enfocaré en algunos de esos.

            Notemos especialmente los actos poderosos de Dios que muestran tanto su  amor, justicia, bondad y firmeza santas (Rom. 11:22).  El Salmista nos recuerda que aquellos que temen al Señor dicen, “Su amor permanece para siempre” (Sal. 118:4), pero también dicen, “¿Y quién podrá estar de pie delante de ti cuando se encienda tu ira?” (Sal. 76:7). La Escritura, al mismo tiempo, habla de un amor inimaginable y de una ira santa .  Dios es compasivo y lleno de gracia, lento para la ira y grande en misericordia, pero también no dejará impune al culpable: Él “visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Exodo 34:6,7).  Por lo tanto, no estamos en lo correcto cuando decimos, “Mi Dios no es un Dios de juicio e ira; mi Dios es un Dios de amor”.  Tal pensamiento hace casi imposible nuestro crecimiento en el temor del Señor.  Sugiere que el pecado sólo entristece a Dios en vez de ofenderlo.  Tanto la justicia como el amor son expresiones de su santidad, y debemos conocer ambas para conocer el temor del Señor.  Si sólo vemos el amor de Dios, no le necesitaremos, y no habrá urgencia en el mensaje de la cruz.  Si nos enfocamos cerradamente en la justicia de Dios, desearemos evadirle, y viviremos en terror, siempre sintiéndonos culpables y esperando el castigo.


Extracto del capítulo 6 del libro: Edward T. Welch. Cuando la Gente es Grande y Dios es Pequeño: Venciendo la presión de grupo, la codependencia y el temor al hombre.


Puedes leer, descargar e imprimir el libro completo en : Third Millenium

La Reunión de Oración es un Esqueleto. C. H. Spurgeon

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Y Perseveraban en la doctrina de los apóstoles,
y en la comunión unos con otros y en el partimiento del pan
y en las oraciones
Hechos 2:42

En el fondo de la falsedad doctrinal está una declinación natural de la vida espiritual, evidenciada por un gusto por el entretenimiento cuestionable, y la apatía para las reuniones devocionales de oración.   En cierta reunión de ministros y funcionarios eclesiásticos, uno tras otro negaron el valor de las reuniones de oración; todos confesaron que la asistencia era muy escasa, y varios reconocieron sin la más leve compunción que ya se habían dado por vencidos.  ¿Qué significa esto?  ¿Están las iglesias, es buena condición al tener solo una reunión semanal de oración, la cual de todas maneras no es más que un esqueleto? Existen iglesias que tienen varias reuniones de oración en el día del Señor, y  muy frecuentemente durante la semana, sin embargo sienten necesidad de más oración; pero ¿qué podemos decir de aquellas cuya práctica de venir en suplica unida es muy escasa?  ¿Hay pocas conversiones¿Está la congregación reduciéndose?  ¿Quién está sorprendido que este sea el caso cuando el espíritu de oración se ha apartado? 

Charles H. Spurgeon de la revista “La Espada y la Cuchara” (The Sword and Trowel, agosto de 1887).

¡La Biblia no es Aburrida! -John Piper

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http://www.youtube.com/v/OzH3Q9idLYc?fs=1&hl=es_ES&color1=0x2b405b&color2=0x6b8ab6

No habrá santificación sin la Palabra de Verdad.  “Santifícalos en tu verdad, tu Palabra es Verdad.” Juan 17:17  Si para ti la Palabra es aburrida, medita en este mensaje del Pastor John Piper.  Dios te lleve a deleitarte en Su Santa Palabra.

Aplicaciones sobre la Santificación-J.C. Ryle

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1. Debemos darnos cuenta del estado tan peligroso en que se encuentran algunas personas que profesan ser cristianas
“Sin la cual (la santidad) nadie verá al Señor” (He.12.14). ¡Cuánta religión hay, pues, que no sirve para nada! ¡Cuán grande es el número de personas que van a la iglesia, a las capillas y que sin embargo andan por el camino que lleva a la destrucción! Esta reflexión es terriblemente aplastante, abrumadora. ¡Oh, si los predicadores y los maestros abrieran sus ojos y se dieran cuenta de la condición de las almas a su alrededor! ¡Oh, si las almas pudieran ser persuadidas a “huir de la ira que vendrá”! Si las almas no santificadas pudieran ir al cielo; la Biblia no sería verdadera. ¡Pero la Biblia es verdad y no puede mentir! Sin la santidad nadie verá al Señor.

2. Asegurémonos de nuestra propia condición…
… y no descansemos hasta que veamos en nosotros los frutos de la santificación. ¿Cuáles son nuestros gustos, nuestras preferencias, nuestras elecciones, nuestras inclinaciones? Esta es la gran pregunta. Poco valor tiene lo que podamos desear y esperar en la hora de la muerte; ahora es cuando debemos analizar nuestros deseos. ¿Qué somos ahora? ¿Qué hacemos? ¿Se ven en nosotros los frutos de la santificación? De no ser así, la culpa es nuestra.

Si deseamos verdaderamente la santificación, el curso a seguir es claro y sencillo: debemos empezar con Cristo. Debemos acudir a El tal como somos, como pecadores. Debemos presentarle nuestra extrema necesidad; debemos entregar nuestras almas a El por la fe, para así poder obtener la paz y la reconciliación con Dios. Debemos ponernos en sus manos, tal como lo hacemos con el buen médico, y suplicar su gracia y su misericordia. No esperemos a poder traer y ofrecer algo en nuestras manos. El primer paso para la santificación, al igual que para la justificación, es acudir a Cristo por fe.

3. No esperemos demasiadas cosas de nuestros propios corazones
Aun en los mejores momentos, encontraremos en nosotros mismos motivos suficientes para una profunda humillación, y descubriremos que en todo momento somos deudores de la gracia y la misericordia que sobre nosotros es derramada. A medida que aumente nuestra visión espiritual más nos daremos cuenta de nuestra imperfección. Eramos pecadores cuando empezamos, y pecadores nos veremos a medida que vayamos avanzando. Sí, pecadores regenerados, perdonados y justificados, pero pecadores hasta el último momento de nuestras vidas. La perfección absoluta de nuestras almas todavía habrá de estar por delante, y la expectación de la misma debería ser una gran razón para hacernos desear más y más el cielo.
4. Si deseamos crecer en la santidad, debemos acudir continuamente a Cristo
Debemos ir a El tal como hicimos al principio de nuestra vida espiritual. El es la cabeza de la cual cada miembro recibe el alimento (Ef. 4.16). Debemos vivir diariamente la vida de fe en el Hijo de Dios, y proveernos diariamente de su plenitud para nuestras necesidades de gracia y fortaleza. Aquí se encierra el gran secreto de una vida de santificación ascendente. Los creyentes que no hacen progreso alguno en la santificación y parecen haberse estancado, sin duda alguna es porque descuidan la comunión con Jesús, y en consecuencia contristan al Espíritu Santo. Aquél que en la noche antes de la crucifixión oró al Padre con aquellas palabras de: “Santificalos en tu verdad”, está infinitamente dispuesto a socorrer a todo creyente que por la fe acuda a El en busca de ayuda.

5. En el último lugar, nunca nos avergoncemos de dar demasiada importancia al tema de la santificación…
… y de nuestros deseos de conseguir una elevada santidad. Por más que algunos se contenten con unos logros muy pobres y miserables y otros no se avergüencen de vivir vidas que no son santas, mantengámonos nosotros en las sendas antiguas y sigamos adelante en pos de una santidad eminente. He aquí la manera de ser realmente felices.

Por más que digan ciertas personas, debemos convencernos de que la santidad es felicidad; y la persona que vive más felizmente en esta tierra es la persona más santificada. Sin duda hay cristianos verdaderos que, como resultado de una salud débil, o de pruebas familiares, o alguna otra causa secreta, no parecen gozar de mucho consuelo, y con suspiros prosiguen su peregrinar al cielo; pero estos no son casos muy abundantes. Por regla general podemos decir que los creyentes santificados son las personas más felices de la tierra. Gozan de un sólido consuelo que el mundo no puede dar ni quitar. “Sus caminos (los de la sabiduría) son caminos deleitosos”. “Mucha paz tienen los que aman tu ley”. “… mi yugo es fácil y ligera mi carga”. “No hay paz para los malos, dijo Jehová” (Pr. 3.17; Sal. 119.165; Mt. 11.30; Is. 48.22).

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