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La moda unisex

Estamos tan acostumbrados a nuestras creencias relativistas y andróginas (unisex) que las manifestaciones culturales de masculinidad y feminidad son infinitamente flexibles.  Como toda falsedad, esta se ha hecho aún más factible por la medida de verdad que posee.  Ciertos distintivos entre los sexos son culturalmente cambiantes, pero de ello no se sigue que todos los distintivos pertenecen a la misma categoría.

La noción de la “masculinidad” es muy susceptible de burla y por eso es muy difícil de defenderla.  Pero el  propósito de esta sección es relatar las señales exteriores de la masculinidad en tres áreas de debate: La vestimenta, el cabello y las joyas.  Vivimos en cultura andrógina (unisex) y el mundo que nos rodea está trabajando poderosamente para que oscurezcamos, tanto como podamos, toda distinción entre los sexos.  La tarea del padre y esposo cristiano es evitar el oscurecimiento de estas distinciones, tanto en su forma de vivir como en sus enseñanzas familiares.
La Vestimenta
Tenemos que mantener claro en nuestras mentes que no existe neutralidad en ningún lugar.  El relativismo en todas sus variedades es peligroso.  Esto es verdad también respecto a nuestra vestimenta y va mucho más allá que las simples cosas de la modestia.  La perspectiva moderna acerca de la vestimenta consiste en que todo se vale siempre y cuando lleve el “swoosh” de la marca Nike.  Algunas reflexiones en este sentido.
1. La manera como se vista un hombre puede indicar su condición espiritual, como dice la Biblia: “Entonces Jacob dijo a los de su casa y a todos los que estaban con él: Quitad los dioses extranjeros que hay entre vosotros, purificaos y mudaos los vestidos” (Génesis 35:2).  Un ejemplo más drástico puede verse en el caso de Legión, pues la Biblia dice: “y cuando Él bajó a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad poseído por demonios, y  que por mucho tiempo no se había puesto ropa alguna, ni vivía en una casa, sino en  los sepulcros” (Lucas 8:27).
No es de sorprenderse que nuestra salvación se representa, desde el punto de vista de vestimenta, como se ve en Isaías 52:1 que dice: “Despierta, despierta, vístete de tu poder Oh Sión: vístete de tus ropajes hermosos, oh Jerusalén, ciudad santa.  Porque el incircunciso y el inmundo no volverán a entrar en ti”.  Unos capítulos más adelante, Isaías reitera este punto, cuando dice: “para consolar a los que lloran, en Sión se les dé diadema en vez de ceniza, aceite de alegría en vez de luto, manto de alabanza en vez de espíritu abatido: para que sean llamados robles de justicia, plantío del Señor, para que él sea glorificado” (Isaías 61:3).
En muchos otros pasajes, la Biblia se refiere a que los hombres reflejan su dolor y su pena mediante su vestimenta, como se ve en 2 Reyes 6:30 “Y sucedió que cuando el rey oyó las palabras de la mujer, rasgó sus vestidos y como él pasaba por la muralla, la gente miró y vio que interiormente, llevaba cilicio sobre su cuerpo”.


2.Inversamente, la vestimenta se usa para reflejar la libertad del dolor, como nos dice 2 Samuel 12:20 “Entonces David se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambio de ropa: entró en la casa de Jehová y adoró.  Después vino a su casa y cuando pidió le pusieron comida delante y comió”.

En una ocasión festiva, como por ejemplo una boda, el vestido es importante según la Biblia.  Nos dice Mateo 22:11-12.  “Pero cuando el rey entró a ver a los comensales, vió allí a uno que no estaba vestido con traje de boda, y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de boda?  Y él enmudeció”.  Vemos también que Isaías sabía diferenciar entre vestidos de fiesta y pantalones de mezclilla.  Él dice: “las ropas de gala, las túnicas, los mantos, y las bolsas”.  (Isaías 3:22).  El predicador del libro de Eclesiastés también supo esta diferencia cuando dice: “En todo tiempo sena blancas tus ropas y que no falte ungüento sobre tu cabeza” (Eclesiastés 9:8).

Cuando Tamar engañó a su suegro, en parte lo hizo mediante su vestido: “Entonces ella se quitó sus ropas de viuda y se cubrió con un velo, se envolvió bien y se sentó a la entrada de Enaim que está en el camino de Timnat; porque veía que Sela había crecido, y ella aún no le había sido dada por mujer…Entonces ella se levantó y se fue, se quitó el velo y se puso sus ropas de viuda” (Génesis 38:14, 19).

Con frecuencia nosotros no nos damos cuenta cuántos caminos ha hecho el relativismo en nuestro pensamiento.  Esto es particularmente cierto en el caso de cualquier opinión sobre la estética. Pero la Biblia se pronuncia sobre esta distinción estética todo el tiempo.  Consideremos el ejemplo de Abigail.  Cuando la Biblia declara que era una mujer hermosa e inteligente, ello significa que existe tal cosa como la belleza en una mujer.  Esto podría parecer algo a sí como una observación del “sentido común” pero considere cómo, con cuánta desesperación, nuestra cultura se resiste a la noción de la calidad objetiva en cualquier cosa que tenga que ver con la belleza.

Pero no existe la neutralidad estética, ni siquiera en nuestros roperos, por eso se dice en la Biblia: “Entonces Rebeca tomó las mejores vestiduras de Esaú, su hijo mayor, que tenía ella en la casa, y vistió a Jacob, su hijo menor2 (Génesis  27:15).  Ezequiel dice: “Ellos comerciaban contigo en lujosos vestidos, en mantos de azul y bordados, en tapices multicolores, en cordones firmemente trenzados, que había entre tus mercancías” (Ezequiel 27:24).  Cuando Acán cayó en el pecado de la codicia, parte de la tentación fue un vestido: “Cuando vi entre el botín un hermoso manto de Sinar y doscientos siclos de plata y una barra de oro del peso de cincuenta siclos, los codicié y los tomé, y he aquí, están escondidos en la tierra dentro de mi tienda con la plata debajo” (Josué 7:21).  Y vemos también que Noemí aconsejó a Rut diciendo: “Lávate, pues, úngete y ponte tu mejor vestido y baja a la era: pero no te des a conocer al hombre hasta que haya acabado de comer y beber” (Rut 3:3).

Conociendo este marco de referencia podemos entender las advertencias bíblicas en cuanto al vestido.  Por ejemplo, no debemos juzgar superficialmente, pues nos dice Santiago: “Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y vestido de ropa lujosa, y también entra un pobre con ropa sucia, y dais atención especial al que lleva ropa lujosa, y decís: Tú siéntate aquí, en un buen lugar; y al pobre decís: Tú estáte allí de pie, o siéntate junto a mi estrado” (Santiago 2:2-3).  Lo que primordialmente lleva a esta tentación es el hecho de la diferencia cualitativa en valor.

Pero según la Biblia la calidad puede ser llevada al extremo.  Por ejemplo, Jesús rechazó el vestido lujoso cuando dice: “Mas, ¿qué salisteis a ver? ¿un hombre vestido con ropas finas?  Mirad, los que usan ropas finas están en los palacios de los reyes” (Mateo 11:8).  Herodes no se comparaba en nada con la personalidad masculina de Juan el Bautista.  Por supuesto que el arreglarse excesivamente está fuera de lugar como lo dice Jesús: “Sino hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos” (Mateo 23:5).

En ninguna de estas cosas debemos olvidar que es Dios quien suple todas nuestras necesidades.  Tenemos que  confiar en Dios en cuanto a nuestro vestido como nos dice Mateo 6:30 “Si Dios viste a la hierva del campo, que hoy es y mañana es echada en el horno, ¿no hará mucho más por vosotros, hombre de poca fe?”.

La idea de esta acumulación de pasajes debe ya de por sí ser obvia: el vestido es importante.  El vestido refleja gozo o tristeza, riqueza o pobreza, festividad o actividad rutinaria.  de modo que debido a todo esto, no es de sorprenderse cuando Dios prohíbe la androgenia (lo unisex), o la confusión de sexos en la manera como nos vestimos.  Deuteronomio lo dice claramente: “La mujer no vestirá ropa del hombre, ni el hombre se pondrá ropa de mujer; porque cualquiera que hace esto es abominación a Jehová tu Dios” (Deuteronomio 22:5).

La Biblia prohíbe, en lenguaje más enérgico, la confusión sexual que conlleve a que una mujer use ropa de varón y que un varón use ropa de mujer.  Ser culpable de confusión en este aspecto es lo mismo que ser culpable de abominación.

Tiene que existir diferencia entre el sexo masculino y femenino, a menos que una cultura esté capturada por una decadente rebelión.  Tal como la prohibición de robar presupone la existencia de la propiedad privada, y la prohibición del adulterio la existencia del matrimonio, esta condenación de la vestimenta unisex presupone que el hombre y la mujer visten diferente.  Esta presuposición refleja una mentalidad que los varones cristianos deben compartir y reflejar en la manera que visten. Y por supuesto, hacemos todo esto teniendo en mente las exhortaciones vestuarias de uno de nuestros poetas contemporáneos que nos recuerda que “toda chica se aloca por un hombre elegantemente vestido”.

Tomado de: Douglas Wilson. El Esposo Cristiano y su liderazgo Bíblico, pp. 51-56.