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Que Dios haya tomado sobre sí mismo una naturaleza humana real es una doctrina crucial del cristianismo histórico.  El gran concilio ecuménico de Calcedonia, en el año 451 d. C. declaró que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios y que la humanidad y divinidad de Cristo están unidas sin confusión, sin mutación, sin división y sin separación, cada naturaleza conservando sus propios atributos.

La verdadera humanidad de Jesús ha sido atacada principalmente en dos formas.  La iglesia primitiva se vio obligada a combatir la herejía del docetismo, que enseñaba que Jesús no había tenido un cuerpo físico real ni una verdadera naturaleza humana.  Argumentaban que Jesús meramente “parecía” tener un cuerpo pero en realidad era un ser fantasmal.  Para contrarrestar esto, Juan declaró con total firmeza que aquellos que negaban que Jesús había verdaderamente venido en la carne eran del Anticristo.

La otra herejía rechazada por la iglesia consistió en la herejía monofisita.  Según está herejía Jesús no tenía dos naturalezas sino solo una, y esta naturaleza singular no era ni verdaderamente divina ni verdaderamente humana sino una mezcla de ambas.  Se la llamaba una naturaleza “teo- antropomórfica”.  La herejía monofisita implica una naturaleza humana deificada o una naturaleza divina humanizada.
Hay formas sutiles de la herejía monofisita que amenazan a la iglesia en cada generación.  La tendencia es hacia el permitir que la naturaleza humana de Dios sea absorbida por la naturaleza divina, de manera tal que la humanidad de Jesús no tenga ninguna limitación verdadera.
Debemos distinguir entre las dos naturalezas de Jesús sin separarlas.  Cuando Jesús tiene hambre, por ejemplo, vemos una manifestación de la naturaleza humana, no de la divina.  Lo que se dice de la naturaleza divina o la naturaleza humana puede ser afirmado sobre la persona.  Por ejemplo, en la cruz, Cristo, el Dios-Hombre, murió. Esto, sin embargo, no significa decir que Dios pereció en la cruz.  Aunque las dos naturalezas permanecen unidas después de la ascensión de Cristo, es necesario que todavía diferenciemos ambas naturalezas en lo que respecta a la modalidad de su presencia entre nosotros.  Con respecto a su naturaleza humana, Cristo ya no está entre nosotros.  Sin embargo, con respecto a su naturaleza divina, Cristo siempre está entre nosotros.
La humanidad de Cristo fue como la nuestra.  Se hizo hombre “por nuestra causa”.  Compartió nuestra situación para actuar como nuestro Redentor.  Se convirtió en nuestro sustituto, tomando sobre sí mismo nuestros pecados y sufriendo en nuestro lugar.  También se convirtió en nuestro defensor, cumpliendo con la ley de Dios en nuestro lugar.


Extracto tomado de: R. C. Sproul. Las Grandes Doctrinas de la Biblia. Unilit, FLET. p. 89