Pensamientos sobre diarios de ayer, hoy mañana

El Star-Tribune de Minneapolis (23 de octubre de 1997, A18) publicó la crítica de Mary McCarty del libro The Body Project [El Proyecto del Cuerpo] de Joan Brumberg. El libro trata de la diferencia entre cómo las muchachas se veían a sí mismas hace cien años y cómo se ven al final del siglo veinte. Brumberg analiza diarios de muchachas adolescentes de la década de 1830 y la década de 1990. Su conclusión, según la crítica: “En el siglo diecinueve y a principios del siglo veinte, los diarios de las muchachas se enfocaban en las “buenas obras” y el perfeccionamiento del carácter. En la década de 1990 los diarios está enfrascados en la “buena apariencia” o en el perfeccionamiento del cuerpo”.
Por ejemplo, un diario de 1892 dice: “Resuelvo…pensar antes de hablar. Trabajar en serio. Ejercer dominio propio en las conversaciones y acciones. Portarme con dignidad. Interesarme en otros”. Contraste esto con una anotación de 1982: “Trataré de mejorarme de cualquier manera que sea posible con la ayuda de mi presupuesto y el dinero que gano cuidando niños. Perderé peso, conseguiré nuevos lentes, ya me recorté el pelo, tendré buen maquillaje, nuevas ropas y adornos”.
Lo que es asombroso en cuanto a este cambio de 1892 a 1982 es que se corresponde exactamente al cambio descrito en la Biblia, alejándose de la voluntad de Dios para las mujeres. Considere el cambio de enfoque de las “buenas obras” a la “buena apariencia”.

En cuanto a las mujeres, quiero que ellas se vistan decorosamente, 
con modestia y recato, sin peinados ostentosos, ni oro, ni perlas
ni vestidos costosos.  Que se adornen más bien con buenas obras
como corresponde  a mujeres que profesan servir a Dios 
(1 Timoteo 2:9-10).




El diagnóstico de Brumberg del problema, sin embargo, parece errar el blanco.  Ella escribe: “Hoy muchas muchachas se preocupan por el contorno de sus cuerpos…porque piensan que el cuerpo es la expresión máxima de uno mismo”.  Eso puede ser verdad.  No obstante, no es útil, porque da la impresión de que algo más aparte del cuerpo es la expresión máxima del ser. En otras palabras, Brumberg parece dar por sentado que el yo es el punto de partida, y que expresar el yo es todo en lo que consiste la vida. El problema, entonces, es simplemente descubrir cuál es “la última expresión del yo”.

La Biblia tiene un diagnóstico radicalmente diferente del problema.  Tiene un punto de partida distinto por completo.  En 1 Pedro 3:5 se nos dice:  “Así se adornaban en tiempos antiguos las santas mujeres que esperaban en Dios, cada una sumisa a su esposo”.  El punto de partida bíblico para tratar con el temor de verse inaceptable es Dios.  ¿Espera en Dios una mujer o espera la aprobación de los hombres (y de otras mujeres)?  Esta es la clave para vivir “sin ningún temor” (1 Pedro 3:6).  Esta es la clave para ser libre de la esclavitud del espejo.
La meta bíblica de la vida de una mujer no es hallar la expresión máxima de sí misma (ni “cuerpo” ni “carácter”).  La meta bíblica de la vida es expresar toda la satisfactoria grandeza y confiabilidad de Dios.  Expresar a Dios, y no así misma, es lo que una mujer consagrada quiere hacer.  La preocupación excesiva por la figura, el pelo y el cutis es una señal de que ella misma, no Dios ha pasado a ser el centro.  Con Dios en el centro -como el “sol”, satisfaciendo los anhelos de una  mujer de belleza, grandeza, verdad y amor- todos los “planetas” como la comida, el vestido, el ejercicio, los cosméticos, la postura y el semblante estarán en  su órbita apropiada.
Si eso sucede, los diarios de la próxima generación probablemente irán más allá de la apariencia y el carácter y hablarán de la grandeza de Dios y los triunfos de su gracia.  Y serán más a menudo escritos desde Calcuta que desde las casas cómodas de los Estados Unidos.
John Piper. Prueba y Observa. Meditación 15, p. 67