La Fe y la Razón no se Oponen
Lo que Pablo dice acerca de los judíos incrédulos de sus días, podría decirse también de algunos creyentes cristianos en nuestros días:  “Porque yo soy testigo que tienen celo por Dios, pero no no conforme al verdadero conocimiento” (Romanos 10:2).

Muchos tiene celo sin conocimiento, entusiasmo sin instrucción.  Es bueno el entusiasmo.  Pero Dios quiere ambas cosas: entusiasmo dirigido por conocimiento, y este, inflamado por el entusiasmo.  Como le escuché decir una vez al doctor Juan Mackay cuando era presidente del Seminario de Princenton: “La entrega sin reflexión es fanatismo en acción.  Pero la reflexión sin entrega es la parálisis de toda acción.”

Hoy en día predomina el espíritu del anti-intelectualismo.  El mundo moderno estimula el pragmatismo.  La primera pregunta acerca de cualquier idea no es: “¿Es verdad? sino: ¿Da resultado?”  Los jóvenes tienden a ser activistas, sostenedores de una causa.  Rara vez averiguan con seriedad si esa causa es un fin digno de preocuparse o si su acción es el mejor medio para lograrlo.  Un estudiante australiano estaba en Suecia cuando oyó que había estallado una protesta estudiantil en su universidad.  Se retorcía las manos, consternado.  “Ojala estuviera allá,” exclamó.  “Hubiera estado en la lucha. ¿Cuál es la protesta?

¡Este joven tenía entusiasmo sin conocimiento! 

El refugio de la Ignorancia

El comentarista canadiense Mordecai Richler dijo con franqueza sobre esta cuestión: “Lo que me asusta de esta generación es la medida en que se refugia en la ignorancia.  Si el no saber nada sigue mucho más, no faltará que alguien descubra…la rueda.”

Este fantasma del anti-intelectualismo surge periódicamente para amenazar a la iglesia cristiana.  Considera a la teología con desagrado y desconfianza.  Permítame el lector exponer algunos ejemplos.

Los cristianos católicos han dado un fuerte énfasis a los ritos.  Esta al menos ha sido una característica tradicional del catolicismo, aunque muchos católicos contemporáneos prefieren las sencillez, y aun la austeridad.  Ahora bien, el ceremonial externo no debe despreciarse si se trata de una expresión clara de la verdad bíblica.  El peligro de los ritos consiste en que fácilmente degeneran en ritualismo, esto es, en una mera realización en la cual la ceremonia se ha convertido en un fin en sí mismo, un sustituto desprovisto de significado de culto.

Unas décadas atrás, podía verse otro ejemplo en el énfasis de algunos cristianos en la acción social y política.  La preocupación de aquellos movimientos no estaba ya en el ecumenismo en sí o en cuestiones de fe y disciplina.  La prioridad era alimentar a los hambrientos, alojar a los que carecen de hogar, combatir el racismo, asegurar la justicia para los oprimidos, promover programas de ayuda en naciones en desarrollo y apoyar los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo.  Aunque la cuestiones de la violencia y la intervención cristiana en la política sean controversias, en general uno debe aceptar que la lucha por el bienestar, la dignidad y la libertad de todos los seres humanos es un empresa cristiana.  No obstante, podríamos decir que esta preocupación debía gran parte de su fuerza a la desesperanza de alcanzar un acuerdo ecuménico.  El activismo crecía a expensas de la reflexión teológica, una tarea que no puede evitarse si las iglesias del mundo han de ser reformadas y renovadas, no digamos unidas.

Mi tercer ejemplo son los cristianos pentecostales, muchos de los cuales hacen de la experiencia el principal criterio de verdad.  Uno de ellos dijo que lo que importa en último término “no es la doctrina sino la experiencia.”  Esto equivale a poner nuestra experiencia por encima de la verdad revelada de Dios.  Otros dicen creer que Dios da deliberadamente a las personas manifestaciones ininteligibles a fin de pasar por sobre su orgulloso intelecto y así humillarlo.  Sin duda, Dios humilla el orgullo de los hombres; pero no desprecia la mente que él mismo ha creado.

Estos tres énfasis: el de muchos católicos sobre el ritual, el de algunos protestantes sobre la acción social y el de algunos pentecostales sobre la experiencia, son hasta cierto punto síntomas de la misma enfermedad del anti-intelectualismo.  Son vías de escape por las cuales se trata de evitar la responsabilidad que Dios nos ha dado como cristianos, de emplear nuestras mentes.
Tomado de: John Sott. Creer es también Pensar. La importancia de la mente en la vida del cristiano. Ediciones Certeza Argentina. pp. 9-12