"Apartaos"-2 Corintios 6:17-Lecturas Matutinas

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El cristiano, aunque está en el mundo, no debe ser del mundo. Ha de distinguirse del mundo en la gran finalidad de su vida. Para él  “el vivir” tendría que ser “Cristo”.  Ya coma, o beba, o haga cualquier otra cosa, debería hacerlo todo para la gloria de Dios. 
Tú puedes hacerte tesoros, pero hazlos en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen y donde ladrones no minan ni hurtan.  Puedes procurar enriquecerte, pero sea tu ambición el ser “rico en fe” y en buenas obras.  Puedes tener alegría, pero cuando estés alegre, canta salmos y alaba al Señor en tu corazón.  En tu espíritu como en tus aspiraciones, has de diferir del mundo.  Aguardando humilde ante el Señor, consciente siempre de su presencia, deleitándose en su comunión y procurando conocer su voluntad, demostrarás ser ciudadano  del cielo.

Tendrías que estar separado del mundo en cuanto a tus obras.  Si una cosa es justa, debes hacerla aunque pierdas; si fuere injusta, aunque ganes haciéndola, debes despreciar el pecado por amor a tu Maestro.  No debes comunicar con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien redargüirlas.  Anda como es digno de tu vocación y dignidad.  Recuerda, oh cristiano, que tú eres hijo del Rey de Reyes.  Guárdate sin mancha de este mundo.  No manches los dedos que pronto han de tocar las cuerdas celestiales; no permitas que tus ojos, que en breve verán al Rey, lleguen a ser ventanas de la concupiscencia; no permitas que tus pies, que pronto han de andar por las calles de oro, se ensucien en lugares cenagosos; no permitas que tu corazón, que dentro de poco se llenará de cielo y rebosará de gozo, se llene de orgullo y amargura.
Aparte del mundo, Señor, me retiro,
de lucha y tumulto ansioso de huir,
de escenas horribles, do el mal victorioso
extiende sus redes y se hace servir.
Tomado del libro devocional:  C. H. Spurgeon. Lecturas Matutinas. CLIE. Septiembre 11.

No a nosotros, sino a tu nombre sea la Gloria-Lecturas Matutinas

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Dad a Jehová la gloria debida a su nombre.
Salmo 29:2
La gloria de Dios es el resultado de su naturaleza y de sus actos.  Es glorioso en su carácter, pues hay en Dios tal abundancia de todo lo que es santo, bueno y amable que tiene que ser glorioso.  Los actos que proceden de su carácter son también gloriosos; pero mientras  Él se propone con ellos manifestar a sus criaturas su bondad, su misericordia y su justicia, se propone también que la gloria que va unida a esos actos se le dé únicamente a Él.

No hay nada en nosotros en que podamos gloriarnos, porque, “¿quién hace que tú te diferencies de otros? ¿O que tienes tú que no hayas recibido?”  Tenemos que tener muchos cuidado de andar humildemente delante del Señor.  Cuando nos glorificamos a nosotros mismos, nos estamos levantando como rivales del Altísimo, puesto que en el universo hay lugar para una sola gloria.  ¿Se gloriará el insecto contra el sol que le dio vida?  ¿Se levantará el barro sobre el hombre que le dio forma en la rueda?  ¿Disputará el polvo del desierto con el torbellino?  ¿Lucharán las gotas del océano con la tempestad? Dad a Jehová, oh hijos de fuertes, dad a Jehová la gloria y la fortaleza; dadle la gloria debida a su nombre.
Sin embargo, una de las cosas más difíciles de la vida cristiana es aprender a decir esto:  “No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre sea la gloria”.  Es ésta una lección que Dios nos está enseñando siempre y algunas veces nos la enseña por medio de la penosa disciplina.  Que empiece un cristiano a jactarse diciendo: “Todo lo puedo”, sin añadir “en Cristo que me fortalece”, y pronto tendrá que gemir, diciendo: “No puedo hacer nada”, y se lamentará en el polvo.  Cuando hagamos algo por el Señor y Él se complazca en aceptarlo, pongamos nuestra corona a sus pies, y exclamemos: “No yo, sino la gracia de Dios que obró en mí”.
Tomado del libro devocional: 
C. H. Spurgeon. Lecturas Matutinas. Editorial CLIE, Agosto 16.

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